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NOTICIA

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INAUGURACIÓN VII CICLO JÓVENES SOLISTAS

 

CAMERATA DE MURCIA / SALON DE ACTOS DEL EDIFICIO MONEO

20 de Febrero de 2014

Obras de W.A. Mozart y J. Brahms

 

Primero fueron las circunvoluciones y surcos de nuestro cerebro, luego vinieron los olores y los sonidos y por último, muy avant garde, la música se hizo milagro y lenguaje, sentimiento y hecho diferencial de la humanidad. Se presento la noche con calor en el salón de actos del Edificio Moneo, un edificio inteligente que convierte en pensamiento colectivo el medio ambiente por lo que regula la temperatura de forma autosuficiente y descarada. Sólo es febrero, pero la primavera estaba presente en esa forma de vestir que poseemos los murcianos de forma intransitiva y que nos hace ir recargados de prendas cuando pensamos que nos va a pillar un mal aire. Unas cien personas en el recinto, los músicos apretujados contra la mesa de conferencias, dispuestos a deleitarnos con Mozart y Brahms.

 

Dio comienzo el concierto y, dejando aparte Mozart, de quien tanto se ha dicho, escrito y oido, esta formación que constituía el Sexteto integrado por Jose Néstor Tomás y Alejandro Nicolás al violín, Alicia Salas y José García a las violas y Antonio García e Inés de Juan a los violonchelos, osaron con Bramhs y la noche se volvió sabia y silenciosa. Brahms es mucho Brahms, como decía José Saztornil en Amanece que nos es poco de Faulkner. Estuvimos cerca de los músicos, tan cerca que vimos la prodigiosa partitura desfilar ante nuestros ojos, pensando en lo que oye un músico antes de componer, dinamitando el movimiento de las neuronas que trasladado a los surcos del cerebro, a las sinapsis de las neuronas que hacen moverse los dedos, y los ojos y todas las complicidades que detectamos entre los músicos: se miraban, se sonreían, se complicaban, se interrogaban. Era un hermoso diálogo de gestos, un armonioso circular de los arcos, unas perlas de sudor en la frente. Un magnífico Sexteto nº 2 en sol M op. 36. En especial, por sublime, el Adagio que precedía al Poco allegro final. No somos músicos, pero el audímetro sentimental y emocional de la noche presionó la vanguardia que todos tenemos dentro y pensamos en una imagen: todo derruido a nuestro alrededor, un terremoto, una catástrofe y el sentido redentor de la música en nuestros oidos. La humanidad en su máximo esplendor.